viernes, 30 de noviembre de 2012

Cristianismo y Esoterismo




Se ha convertido ya en lugar común la afirmación de que el cristianismo actual nada tiene que ver con el auténtico que en su día, tal vez, predicó Jesús de Nazaret.
Nuestra sociedad, consciente del fracaso de la implantación del experimento cristiano por la Iglesia, busca incesantemente salidas de la doctrina oficial que tengan algún significado. Lamentablemente, estas salidas no suelen significar gran cosa, centrándose en minucias como el ocultamiento por la Iglesia de textos como el evangelio de Judas, en el romance de Jesús y María Magdalena, en la pervivencia de la sangre de cristo en la dinastía Merovingia o en la supuesta supervivencia de Cristo y su estancia en la India.
El interés en todos estos casos es más el de un entretenimiento literario sorprendente que nos distraiga un poco de la bárbara hecatombe moral de nuestra actual civilización, como diría Terence McKenna, algo para pasar un rato sentados en un sillón mientras esperamos la muerte.
Tómense lo que sigue como lo que quieran, entretenimiento o exploración transformativa. 

Es un hecho que alguien como Jesús no habría tenido nada que hacer en una época como la nuestra. De haber aparecido en el mundo más tarde, no sólo no podría haber sido el jefe de la Iglesia Cristiana, sino que ni se le hubiera permitido pertenecer a ella y, en ciertos periodos, habría sido declarado posiblemente un hereje y quemado en la hoguera. Para comprender esto, aun en un sentido estético, basta observar la actitud civilizada hacia los pelos y barbas largos y la estética desaliñada. Jesús sería hoy a ojos bienpensantes un punki, un drogata, un deshecho social, no le darían trabajo ni en McDonalds y los cristianos le apartarían la mirada al pasar o, como mucho, se compadecerían de él.

El nuevo novio de tu hija. 

En primer lugar, conviene entender que las enseñanzas de Cristo no fueron nunca destinadas a las masas, tampoco a formar un culto ni mucho menos una Iglesia. Conforme a P.D. Ouspensky, las enseñanzas de Cristo son las enseñanzas de una escuela esotérica y van dirigidas a exclusivamente a los iniciados.

Fueron las enseñanzas del apóstol Pablo las que tuvieron un papel histórico mediante la formación de la Iglesia Cristiana, y más adelante, en numerosas ocasiones, esta Iglesia ha ido reformulando en numerosos Concilios los preceptos del cristianismo hasta hacer a éste irreconocible. La base de la existencia de la Iglesia (y de su poder) es la imposición de un intermediario entre el hombre corriente y lo divino. Tal intermediario, el sacerdote, se arroga la potestad de interpretar la voluntad de Dios y de salvar almas. Nada de esto hay en la enseñanza cristiana, desprovista de una institucionalización tan absurda como aquella en la que alguien que no puede mantener relaciones sexuales pueda dar consejos sobre la materia.

Para hacer el cristianismo eclesiástico apetecible a las masas (la Iglesia, el “poder”, vende una ideología y tiene que venderla bien), había que darle una publicidad positiva. Entre otras cosas, esto se logró afianzando la idea de la “salvación general”, cosa que el sacerdote podía dispensar fácilmente mediante el consabido “ego te absolvo”, también conocido por algunos como “ego te absorvo”.
Y bien, no hay nada más alejado del Cristianismo que la idea de una salvación general. En ellos se repite una vez detrás de otra la idea de que el Reino de los Cielos pertenece a los pocos, de que angosta es la puerta y estrecho el camino, y de que sólo unos cuantos pueden pasar, y que aquellos que no pasan no son sino residuos que habrán de ser quemados (“todo árbol que no hace buen fruto, es cortado y echado al fuego” (Mateo, 3.10,12). Las masas no pueden salvarse. Solo muy pocos individuos con una instrucción especial y un desmedido esfuerzo consciente pueden optar por el reino de los cielos. Cristo enseña a los apóstoles, los iniciados; para Cristo, las masas son residuos.

Todavía más lejos del Cristianismo se halla la figura del Diablo. Nada se dice en los Evangelios originales al respecto: fueron las posteriores traducciones del griego las que introducen esta idea. En los Evangelios originales se habla del impostor o tentador, “diablo” es un nombre que puede aplicarse a cualquier impostor o tentador, y posiblemente al mundo visible, ilusorio: el “Maya” védico.
En el Evangelio de San Mateo, en la tentación en el desierto, Cristo dice al diablo según el texto griego: “ven tras de mí”, y según el texto eslavo “sígueme”. Pero en las traducciones inglesa, francesa, italiana y española se traduce: “Vete de aquí, Satanás”. El traductor no debió entender que Cristo le dijera al Diablo que lo siguiera, así que escribió lo que juzgó más conveniente. Así que la consabida “vade retro, satanás”, no tiene nada que ver con el Cristianismo, es más bien la paranoia de algún monje que vivía en un oscuro monasterio. Cristo le dice al diablo que le siga. ¿Por qué?
El Diablo es “Maya”, la ilusión, el velo artificial que cubre la realidad subyacente. En un sentido esotérico, “Maya” no debe irse de aquí de ninguna manera, sino que sólo debe servir al mundo interno, seguirlo, ir detrás de él. Lo falso debe servir a lo verdadero, el ego no debe eliminarse, sino ponerse al servicio de la esencia. Cuando la Iglesia lo transforma en un “vete de aquí”, da paso a la autorepresión, flagelación, etc. que nada tienen que ver con un camino espiritual, basado en la transformación, no en la destrucción, en la conversión alquímica de la piedra en oro. 
Símbolo alquímico

Por otro lado, los Evangelios no son un texto original, sino que continuamente remiten a leyendas mucho más antiguas. La matanza de los inocentes y la huida a Egipto están tomados de la vida de Moisés. La Anunciación es un elemento de la vida de Buda (en este caso fue un elefante blanco el que descendió de los cielos anunciando el nacimiento del Príncipe Gautama). El sacrificio de Cristo para la salvación de los hombres está tomado de la mitología hindú: es Shiva quien beve el veneno destinado a la humanidad entera (y por eso se le representa azul usualmente).
El nacimiento de Jesús de la Virgen María directamente de Dios Mismo no aparece en los Evangelios, sino que fue adoptada más tarde. El mito de Cristo como hijo de Dios en sentido literal está tomado de la mitología griega, ya que es la única religión donde los dioses tienen hijos humanos o semidioses. De manera que el dogma principal del Cristianismo está tomado del paganismo. Conforme a esta idea, Cristo es hijo de Dios en el mismo sentido en que Hércules fue el hijo de Zeus. Nada tiene que ver, por tanto, con las verdaderas enseñanzas de Cristo.
Cristo se llamó a sí mismo el hijo de Dios, pero de ello no se deriva que lo fuera físicamente, o que solo lo fuera él. Se trata, más bien, de un sentimiento de unión con el absoluto: todo hombre puede ser el hijo de Dios si obedece su voluntad y sus leyes, y así se dice en los Evangelios: (“Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo. 5.9), o también: (“Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos” (Mateo. 5.43-45). Cristo no es “el elegido”, es solo uno que “se da cuenta”.

Pero lo más interesante es el significado de “El Reino de los Cielos”, al que se hace alusión continuamente en los Evangelios. La interpretación eclesiástica común es que el Reino de los Cielos es el lugar o estado en el que las almas de los justos se encuentran tras la muerte.
Muy al contrario, la idea de “El Reino de los Cielos”, que “está en vosotros”, es plenamente esotérica: se trata del círculo interno de la humanidad, del que ya hablamos en un anterior post. Cristo habla muy claramente del “Reino de Dios en la Tierra”. La creación artificial del “Cielo” no tiene que ver con el Cristianismo.
Conforme a Eliphas Lévi (Magia Trascendental, 1933), el Reino de los Cielos es el reino del sacerdocio y realeza de la Magia: “los monarcas de la ciencia son los príncipes de la verdad y su soberanía está oculta para la multitud, como también lo están sus oraciones y sacrificios. Los reyes de la ciencia son los hombres que conocen la verdad y a quienes la verdad ha hecho libres”.
Para alcanzar el “Reino de los Cielos”, es decir, el conocimiento y el poder de los Magos, son indispensables cuatro condiciones: Saber, atreverse, querer y guardar silencio: es decir, una inteligencia iluminada por el estudio, una intrepidez a la que nada pueda detener, una voluntad inquebrantable y una prudencia a la que nada pueda corromper y nada embriagar.

Y es este un difícil camino, que exige esfuerzos excepcionales que solo unos cuantos pueden asumir. La frase que más se repite en el Nuevo Testamento es “solo los que tienen oídos pueden oir”: se repite diecisiete veces en total. Es necesario saber oír y ver, y poder oír y ver, y no todos pueden oír y ver. Estas palabras no son para todos: son para los discípulos, los iniciados.

Así que el error de las interpretaciones eclesiásticas comunes consiste en que lo que se refiere al “esoterismo” se considera como refiriéndose a “la vida futura” y lo que se refiere a los “discípulos” se considera referido a “todos los hombres”.

Jesús establece las condiciones de esta búsqueda, algunas de las cuales son:
- “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Estas palabras encierran la idea budista del desapego de las cosas: no un desapego material (voto de pobreza, etc.), sino que las cosas tienen para él tan poco significado como si no las hubiera tenido: este es el “pobre en espíritu”.
- “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos”. Un verdadero discípulo de Cristo debe esperar ser perseguido por causa de la justicia. Los hombres del círculo exterior odian y persiguen a los del círculo interior, particularmente a aquéllos que intentan ayudarlos.

Desde el Reino de los Cielos, el Círculo Esotérico, continuamente se lanzan mensajes al externo, se difunde la verdad. Esto está contenido en la parábola de Cristo del sembrador, que contiene metafóricamente todos los posibles resultados de la predicación del esoterismo:

“He aquí el que sembraba salió a sembrar.
Y sembrando, parte de la simiente cayó junto al camino, y vinieron las aves y las comieron.
Y parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra, y nació luego, porque no tenía profundidad de tierra. Más saliendo el sol, se quemó, y secóse porque no tenía raíz.
Y parte cayó en espinas, y las espinas crecieron y la ahogaron.
Y parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta.
Quien tiene oídos para oír, oiga”.

La idea del hombre como un grano también aparece en los antiguos Misterios de Eleusis, de donde seguramente está tomada esta parábola. El secreto que se revelaba a un hombre en la iniciación, la cual incluía el consumo de un potente psicodélico, el Kykeon, posiblemente relacionado con el LSD, estaba contenido en la idea de que el hombre puede morir como un simple grano o puede surgir otra vez en alguna otra forma viviente. 

Demeter y Persefone compartiendo unos hongos alucinógenos. 


 La naturaleza es muy generosa en sus métodos: crea una enorme cantidad de semillas para que sólo unas cuantas germinen y puedan sobrevivir. Si se mira al hombre como un grano, podemos comprender mejor la aparentemente cruel ley evangélica de que la mayor parte de la humanidad no es sino paja que habrá de quemarse en el fuego eterno, donde vendrá el llanto y el rechinar de dientes. Solo unos pocos germinan, pero esto no es cruel: el hecho de germinar o no hacerlo no es arbitrario sino que depende de uno mismo, de su propia actitud hacia sí mismo y su entorno.
Y es que el hombre encuentra lo que busca. El que busca lo malo encuentra lo malo, el que busca lo bueno, encuentra lo bueno “el hombre bueno del buen tesoro del corazón saca buenas cosas, y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35).


Extraído fundamentalmente de:
- Piotr Demianovich Ouspensky (1950). “Un nuevo modelo del Universo. Los principios del método psicológico en su aplicación a los problemas de la ciencia, la religión y el arte”.


Y sobre todo, y precepto más importante del cristianismo: no comáis marisco, ha de ser contemplado como una abominación (Levítico 11:10). 

 Las gambas, evidente producto del demonio.

4 comentarios:

farras dijo...

Del "cristianismo" o mejor dicho del judaismo

Nicolay dijo...

¿Has abandonado el blog o te has montado otro?.

Descubrí hace dos días tu blog y ya me lo he leído por completo.

Me gusta mucho el trabajo que haces en el blog y, si puede ser, me encantaría seguir viendo más.

Un saludo.

omegófilo dijo...

Hola Nicolay, muchas gracias! básicamente publico cuando quiero, está semiabandonado, pero veo que sigue leyéndose, en fin: lo actualizaré pronto.
Un abrazo!

selrak dijo...

one month later...